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Tenía los ojos diminutos, y unas orejas muy grandes y muy oscuras. En otra época hubiera sido un fenómeno, pero los circos ahora le exigen la secundaria. Sabía idiomas y no envejecía. Idiomas extraños. En el geriátrico alguien le dio a comer algo muy nocivo, en una época en que ya era casi imposible calcularle la edad. Hasta el último día fumaba en la noche, cuando nadie podía ver su deformidad y era nada más que una lucecita roja en la oscuridad de ese patio de Villa Crespo. Después de muerta empezaron a pasar cosas. Ahora tiene un altar pequeño que le hicieron las enfermeras en el salón de té, y junto a la foto de Helena está repleto de notas escritas a mano, con una letra temblorosa y senil.

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